COMO ACOMPAÑAR LAS MENTIRAS EN LA INFANCIA

Las mentiras infantiles pueden llegar a ser una oportunidad idónea para trabajar la relación entre padres e hijos. Si sabemos tirar del hilo y acompañarlas de forma positiva, puede permitirnos tener relaciones sinceras y autenticas que beneficien la autoestima de nuestros hijos.

 

Cuando acompañamos las mentiras durante la infancia de una forma inadecuada, etiquetando al niño de  mentiroso, desconfiando de lo que nos dice o enfadándonos porque no nos gusta que nos mientan,  en realidad lo que surge es un alejamiento en la relación y una desconfianza que acabará provocando una tremenda inseguridad en los niños a la hora de contarnos las cosas.

Queremos hijos perfectos que no sean rechazados ni asilados por la sociedad  y para ello educamos  a no mentir  basándonos en ese rechazo y el castigo.

Cuentos tradicionales como “Pinocho” o “Pedro y el lobo” hacen referencia a los peligros de la mentira y como se condena al mentiroso sin darle la posibilidad de ser escuchado.  Quizás lo más positivo sería ofrecer la posibilidad de que nos pudiesen contar lo ocurrido sin miedo a ser juzgados, rechazados o castigados, evitando así que nos acaben mintiendo por miedo a las represalias y teniendo en cuenta además, que todo el mundo tiene derecho a ser escuchado. De esta manera lograríamos relaciones de confianza afectuosas y cercanas con total confianza de nuestros hijos a contarnos incluso las cosas que podemos considerar como «malas» 

Cuando sentimos que nuestro hijo nos miente, es fundamental evitar el juicio . «Si te trato como un mentiroso, acabarás convirtiéndote en una persona que miente». Esto es a lo que se le llama «efecto pigmalión», que  describe como la creencia que tiene una persona sobre otra, puede influir en el rendimiento de esta última. 

Puede  que el niño tenga la intención de mentir, pero aun así, no debo juzgarlo de mentiroso ni dudar de lo que dice,  porque puede ser que nosotros veamos la realidad de otra manera y no lograr  un entendimiento con el niño.

En este caso, podemos hacer una descripción de lo que hemos visto o creemos que ha podido pasar y expresar  nuestras dudas basándonos en una comunicación descriptiva y poco crítica con el niño, que puede que no nos quiera decir la verdad por diferentes motivos, como vimos en la publicación anterior (pincha aqui para leerla) 

Veamos un ejemplo:

«Nuestro hijo se ha comido las últimas galletas del paquete y cuando le preguntamos si se ha comido todas, nos dice que él no ha sido»

 

 Mama/papa: “¿me estas mintiendo? ¡te has comido todas las galletas sin dejar nada a los demás y no quieres decirlo! ¡Eres un egoísta! ¡Y ademas no se miente!😡😡”
Quizás una manera más empática, descriptiva y cercana a la vez, podría ser:

 

* ¿Te has comido las últimas galletas del paquete?
* No, yo no he sido😐
* Ah! Pues me había parecido ver que te comías las que quedaban.
* ¡¡Que no!! ¡¡Que no me he comido yo las galletas!!
* No se, me pareció verlas ahí antes de irme de la cocina.
* ¡¡Que yo no he sido!!!!😡😡
* ¿Quizás no quieres que piense que te las has comido todas?
* Noooooo😢
* ¿Tienes miedo que me pueda enfadar si me dices que has sido tu?
* Siiiiiii😭😭😭. ¡No quiero que me regañes pero es que tenia mucho hambre! 
Desde aquí y a través del acompañamiento emocional y la escucha activa no enjuiciadora, iremos acompañando la emoción del niño, evitando que se sienta acusado, etiquetado, o con desconfianza, porque simplemente iremos describiendo y contrarrestando lo que creemos que ha ocurrido.

Puede que finalmente llegue a decirnos lo que ha pasado o quizás no, pero sentirá que hay una relación de confianza basada en el respeto y sobretodo en la oportunidad de poder explicarse sin miedo a la negativa del adulto. Esto va a ayudar al niño para que en situaciones futuras se sienta más seguro y vea la relación desde una postura más cercana y sincera.

Es muy difícil que un niño asustado reconozca lo que ha hecho o ha pasado, pero un niño al que se le da la oportunidad de ser escuchado, aunque al principio no sepa cómo decirlo porque puede tener miedo a que les digamos algo, cuando  no se juzga, etiqueta o castiga, es muy probable que nos digan lo que realmente ha pasado.

Algo muy común que nos libera como adultos, es echar sermones y dar charlas moralizantes que en cierta medida, es una forma de juzgar: Ejem. «A mí siempre me debes de decir la verdad porque es muy feo mentir y no se debe de mentir a nadie porque nunca te van a creer y así no vas a conseguir nada en la vida. La gente no va a fiarse nunca de ti. Además yo soy tu madre/padre tengo que saber siempre la verdad.😰

Por supuesto es muy importante que nosotros ejerzamos con el modelo a seguir y procuremos ser sinceros, sin mentir ni a nuestros hijos ni a otros, al menos delante de ellos.


Es imposible como personas que no mintamos en algún momento o que seamos siempre sinceros con nuestros hijos o con otras personas. ¿Cuántas veces al cabo del día no les decimos la verdad? Si llegamos a mentir a otra persona delante de nuestros hijos, siempre podemos decirles lo que ha pasado: “Pues le he dicho eso a esta persona porque me daba vergüenza decirle que no, porque no quería dar demasiadas explicaciones y no he sido del todo sincera». Desde aquí también vamos a ayudar al niño a tomar conciencia de este mecanismo.

Que pasa cuando llevamos a nuestros hijos por ejemplo al pediatra y antes de vacunarles les dicen frases como: «¡Esto no duele, ya verás!»😳. En mi opinión no le esta diciendo la verdad, porque todos sabemos que las vacunas duelen, no? Pero después seguimos insistiendo: «Ya esta….., si no es nada…. venga que no es nada……» ¿Por qué en este caso y otros tantos aceptamos como adultos la mentira o la no sinceridad?

¿Y si probamos por ejemplo de esta manera?

*Pediatra: Ya ya se que estas nervioso. No sabes que te voy a hacer y estas nervioso. Es normal. Voy a intentar hacerlo lo mejor posible, te parece?

*Mama/papa: (mientras el niño después del pinchazo está llorando)Ya se cariño…  ya se que te ha dolido mucho. Normal que llores si te duele. Siento que estés pasando por esto.

Tratamos la mentira como algo totalmente prohibido y dañino y desde ahí juzgamos a nuestros hijos de mentirosos, cuando en realidad, nosotros mentimos y no somos del todo sinceros  en muchísimas pero muchísimas ocasiones. Entonces ¿Por qué le tenemos tanto miedo y queremos a toda costa evitarlo en el mundo de los niños? ¿Cómo nos sentimos cuando mienten nuestros hijos? ¿Perdemos poder si aceptamos sus mentiras?  Si nos paramos a analizar esto, podemos comprobar que vivimos en una sociedad hipócrita en la que no se permite que los niños mientan  y en cambio los adultos vivimos bajo mentiras y engaños a todos los niveles.

¿Es  totalmente inaceptable mentir en absolutamente todas las ocasiones? ¿En ningún caso se puede aceptar una mentira?  Pensemos esto por un momento.

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